La última vez

 Lo que llamaban "etapa 3" de la pandemia se estaba haciendo agobiante: los bares cerraban a las 6 de la tarde y solo podías juntarte con una persona en tu casa después de esa hora, siguiendo los protocolos de seguridad. Las personas trabajaban hasta las 6 de la tarde, así que los bares estaban vacíos a toda hora. Hacía frío y no podían estar adentro, solamente tomar algo en la vereda.

- Lo que quieren es que garchemos, no queda otra- dijo Julia por videollamada a una amiga - O peor, que procreemos así la raza humana no se extingue.

- ¿Qué decís, boluda? También podríamos juntarnos con amigas - Sentenció Luli.

- Sí, amiga, todo bien, pero vos estás en pareja y Sergio no quiere que vaya gente a tu casa, ni que vos te contagies. Todas están re casadas o se fueron a vivir a La Quiaca - Pensaba resentida en Lola, su amiga yogui que ser había ido a vivir lejos y con su nueva pareja.

- Amiga, vos decís esto porque sos la única que se quedó soltera y cogiendo con todos los solteros de La Plata - Auch, ese comentario había dolido - La única soltera valiente, ¿eh? A las demás nos da paja la soledad y nos va a dar paja tener que salir a buscar chongo dentro de unos años - calmó Luli.

- Sí, por ahí tenés razón. - Y con unos mates más, la videollamada había finalizado.

Luli tenía razón en todo, siempre tenía razón, y eso era lo bueno de tener amigas más grandes: te dicen lo que no querés oír, pero sabés que necesitás oír en voz alta. Julia ya no podía ir a ver a su familia los fines de semana, ya habían todos asumido que ella estaba soltera y se veía con sus amigas o sus pretendientes y no daba ir a ver a sus abuelos e infestarlos. Era una vida un poco solitaria, familiarmente hablando, pero bastante activa, sexoafectivamente hablando. Activa pero, al mismo tiempo, solitaria. Nadie duraba más de un encuentro. Quizás todos estaban en la misma. Pablo era copado, sí, lo había visto un par de veces. Pero muy vainilla. El rockero ese con el que había tenido el trío estaba bueno y le daba bola, pero era un boludo. Un boludo grande. Tenía como 35 y ella 26, y todavía vivía con el padre, el auto era del padre. Aquella vez que no pasó nada, el simplemente se sentó en su sillón a fumar porro y a escuchar unos discazos, y al final ella le cerró la puerta para que nunca más volviera. Se dijo a sí misma "nunca más un rockerito con cara de chico malo. Son los más pelotudos. Una cara bonita y unos jeans negros apretados no significan nada después de los 25". Y así fue. Nunca más. Había aprendido la lección.


Pasaron varios meses de la etapa 3. La vida no estaba nada mal, aunque algo monótona. Jornadas largas escribiendo para la revista de México. Noches de vino, sola y acompañada. Una noche de mal viaje de LSD en el que Julia se juró que nunca más iba a hacer cosas así. Un salario en dólares que bajó, y una renuncia. 

El día que renunció, perdió los estribos, parecía una chiquilla indignada y furiosa. Se puso a saltar la soga frenética en su living para bajar la tensión y juró que no volvería a ser pisoteada de esa manera. Era la época de hacer juramentos y promesas. 

"Al menos tengo en claro lo que quiero, y lo que merezco". No fue hasta dentro de muchos años que volvió a tener en claro lo que quería y lo que merecía.


Semanas después había conseguido un trabajo como redactora de contenido para una importante revista de arte y cultura chilena.

- ¿Pagan bien? - inquirió Pablo mientras Julia se metía en la cama otra vez. Había tenido la entrevista desde su departamento. 

- Parece que sí - contestó Julia y se volvieron a dormir. Eran las seis y media de la mañana en pleno  invierno.

Y así trascurrían los días. Un poco aburridos, con mucho cuchareo con Pablo, y algunas noches divertidas con chicos y chicas en su departamento. Les decía de tomar una cerveza a la tarde en el bar de abajo de su casa, pero el bar ya cerraba, así que se compraban un vino, fumaban unas secas, hablaban de música y tenían sexo en el living.  

El trabajo era bueno, pagaban bien y ella trabajaba poco. Así fue acostumbrándose a un ritmo de vida distinto al de la mayoría de sus amigas. Ella misma se sentía muy satisfecha y privilegiada.

Sintiéndose bien consigo misma, una tarde se acordó de Manuel. ¿Qué estaría haciendo? Habían pasado meses desde su última vez juntos. Habían tenido sexo mientras ella tenía puesta una peluca violeta de corte carré. "Petite, estás más hermosa que nunca" le dijo mientras besaba su pecho y la abrazaba por la cintura. Ella estaba sentada encima de él, abrazándolo con sus piernas. Se calentó un poco y le mandó un mensaje.

- Ey, Manu, ¿qué hacés?

- Uh, la, lá, Petite. Acá como siempre, en lo usual. Trabajo, en un rato voy a casa, para estar con la familia, ya sabés. ¿Vos, cómo te trata México?

- Lo dejé, Manu, eran unos ratas. Conseguí un trabajo para Chile, muchísimo mejor.

- Vos vas a llegar lejos, haceme caso a lo que te digo. Naciste para brillar.

- Ay, no exageres. Escuchame, ¿hacés algo hoy viernes? ¿Estás para un vinito acá en casa?

- Suena excelente, dejame que llego a casa, me preparo y voy. ¿A las 10 te queda bien?


Y como siempre, como cada vez que iba a verlo, se puso espectacular, revolvió entre sus mejores tangas, corpiños, y joyas. Un pantalón ajustado negro, botas Chelsea de cuero de cocodrilo, un top rojo, un cárdigan negro de lana con lurex, pesado. El pelo corto, labios rojos. Estaba elegante. Se puso su perfume más caro y cuando se vio en el espejo sonrió y se tiró un beso a sí misma. Preparó una cena ligera pero estimulante.

- Zafiro, viene tu amigo ¿estás contento? - Zafiro la miró fijo y bostezó.

Julia buscó entre sus playlist algo tranqui, pero de los 80s, como le gustaba a ella y a Manuel y prendió un sahumerio. Su nueva casa era mucho más linda que la anterior. La luz muy ténue, la estufa prendida. El gran ventanal frente al pequeño sillón. Ahí casi que no entramos dos. La biblioteca repleta de libros y discos.

Sonó el timbre. "Ahí voyyy". Manuel estaba en la puerta de afuera, no había cruzado la reja que estaba abierta. Literalmente, Manuel no envejecía, estaba igual que en diciembre, que hace tres años, que hace 5, que hace 7 y la primera vez que lo vio en esa clase de francés 9 años atrás. Ahora llevaba una delicada bolsa de plástico esmerilada con un Pinot Noir adentro. Se lo veía contento.

- ¿Por qué no pasaste? Está abierto, mirá. 

- Formalidades, Petite. ¿Así que esta es tu nueva casa? Felicidades.

Traspasaron la entrada antigua y caminaron despacio por el pasillo, subiendo escaleras. Julia estaba contenta de ver a Manuel, pero a la vez algo que no podía describir la hacía sentir incómoda. En ese mismo instante se dio cuenta de que no iban a tener sexo esta vez.

Manuel, como siempre, con sus formas tan formales y pomposas, admiró el edificio, la zona, la nueva casa y la decoración, a Zafiro y a Julia y su forma de cocinar.

- ¿Cómo hacés para ser siempre tan magnífica? - dijo mientras se dejaba caer en el pequeño sillón, con Zafiro a su lado que se refregaba contra él. Mientras tanto, ella descorchaba el vino, y lo servía en las copas. Le entregó una copa a Manuel y comenzaba a levantar la suya para brindar por algo, la música o la noche, y él se adelantó:

- Por vos, Jolie, por tu éxito en tu nuevo trabajo, por tu éxito que no dudo vas a alcanzar tarde o temprano. Vos simplementé confiá. Mark my words.  

Y ambos bebieron. Julia buscó un sillón Acapulco y se sentó frente a él. No podía acercarse más. A metro y medio estaba bien. Aha sonaba de fondo. 

Manuel se levantó lentamente y se acercó a la biblioteca de Julia. ¿Seguís escribiendo, petite?

- Sí, en papel. - Bebió un sorbo - Ahora más que nunca. Pero son boludeces. ¿Y vos?

- Por supuesto, pero no tengo la noble costumbre de escribir en papel. Soy un malcriado de la tecnología - bromeó Manuel mientras con una mano sostenía su copa, y con la otra acariciaba los lomos de los libros - Petite, quiero darte algo que nunca te di. -A Julia se le paró el corazón - Lo traje de mi travesía por China. - Manuel metió la mano en el bolsillo del frente de su campera que había quedado en la silla, a su lado (la misma que usaba hace años ¿cómo le entra todavía? pensó Julia) y sacó un pequeño sobre rojo con letras doradas. Era muy hermoso. - Se conoce como " hóng bāo" y se entrega a las personas más jóvenes en las fiestas de año nuevo chino para desearles las mayores de las fortunas. - Manuel extendió el sobre y Julia lo tomó con ambas manos. Lo abrió y cayó rodando una pesada moneda China. - Ah, eso también es parte de la tradición, una moneda para elevar el deseo de buen augurio.

- Merci Manu - Julia giraba la moneda para verla mejor hasta que encontró los ojos de Manu. La miraba sonriendo, con ternura. Ternura que incomodó por un instante a Julia. - En ese momento Julia se dio cuenta de algo.

- De rien, petite jolie. Te merecés todo lo bueno que va a venir.

Hablaron por casi dos horas de la pandemia, el trabajo, las amistades, pero nunca se acercaron. Disfrutaron de la comida y el vino hasta que casi no hubo más. Se quedaron en silencio.

- Voy a buscar otro - dijo Julia y fue a la cocina. Escuchó el ruido del sillón y los pasos de Manuel. Volvió a sentirse incómoda. Se había decidido de algo. - Mirá Manu, yo estaba pensando...- y comenzó a perforar el corcho con el sacacorchos y a girar la botella con la mano izquierda, mientras la derecha presionaba fuerte para perforar por completo el corcho. Destapó la botella de un tirón limpio pero suave.

- Ah, pero sos toda una profesional...

- Ja, ja, gracias. - Julia no sabía cómo iba a decir lo que estaba dejando que decante adentro suyo.

Volvieron al living y Manuel se sentó más derecho y la miró fijo. Ella le ofreció una copa.

- Gracias, petite. ¿Me decías?

- Ah, sí - y fue con su copa llena hasta su lugar, el sillón Acapulco. - Te decía que estaba pensando y pensando en los últimos encuentros...

- ¿Te referís al de la peluca violeta, en el departamento de tu vecina? Magnifique, simplemente magnifique...

- Sí, ese y todos. Yo la verdad que lo paso re bien cuando estoy con vos, pero creo que es mejor si somos amigos.

- Pero si siempre fuimos amigos, petite, ¿a qué te estás refiriendo? - La voz de Manuel sonaba extraña, distante, confundida.

- Sí, pero, estaba pensando que sería mejor si solo somos amigos, si no pasa más que eso. Mirá, me caés re bien, pero creo que es mejor si solo pasa eso a partir de ahora. - La voz de Julia temblaba y su mano con la copa también. Los dedos se le habían puesto helados.

- ¿Qué sería solamente eso? - Manuel frunció el ceño y se puso aún más derecho, con las rodillas más flexionadas, no tan relajadas, resaltando lo alto que era para ese silloncito donde estaba. Tenía un aire confundido y ridículo con ese sweatercito negro de bremer con cuello en V y su camisa blanca debajo. Julia notó la camisa.

- Nada, solamente ser amigos, no da seguir teniendo sexo. Simplemente no da - Julia sentía su voz resonar en toda la habitación con eco, como si estuviera vacía, con la música casi inaudible, el aire suspendido por la pesadez del calor de la estufa. El tiempo se había suspendido también.

Manuel bajó la mirada, tomó una respiración y dijo calmado: - Esta bien, petite, ¿puedo seguir diciéndote así? - La voz de Manuel era de hielo, como los dedos de Julia.

- Sí, obvio, boludo ¿qué decís? - Julia hizo una risita forzada. - Está todo bien, ¿no?

- Sí, sí. Todo bien. 

Bebieron en silencio y la música parecía provenir de lejos ahora, pero volvía a escucharse de a poco. Los siguientes minutos pasaron rapidísimo, haciéndose preguntas estúpidas, para dos personas que se conocían hace 9 años. ¿Y tu familia, cómo anda? Manuel y Julia nunca habían mencionado sus familias. Ni a la familia del otro.

Pasó media hora más y Manuel terminó su copa de un sorbo largo. - Tengo que irme. Mañana hay cosas por hacer. 

- ¿Seguro no querés quedarte un rato más? - Julia levantó la mirada.

- Seguro, gracias por tu invitación. - La voz de Manuel fue la más fría y distante que había escuchado en 9 años. ¿Qué había hecho Julia, acaso le molestó? Él comenzó a pedir un remis desde su celular mientras acariciaba la cabeza de Zafiro. - Fue un gusto haber venido a visitarte, Za. 

Al salir del departamento de Julia, hacía un frío tremendo. El tiempo y el espacio estaban suspendidos en su departamento, era un microcosmos, pero afuera, el aire era hostil, y ya casi la 1 de la mañana.

- Gracias por venir, Manu - Él la miro fijo, se acercó hasta su frente y la besó. Sonó una bocina tímida en el gélido silencio de la etapa 3. Era el remís.

- Buenas noches, Juli - Manuel se dio vuelta y se dirigió al auto. Esa vez fue la última vez que Julia lo vio y que habló con él. La siguiente vez que habló con él, él ya estaba en Madrid.






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