Los oráculos
Primero quisiera aclarar que andaba sin buscarlo. Y digo buscarlo porque en realidad buscaba otras respuestas. No se puede negar, gracias a la siguiente evidencia, que lo que tiene que llegar hacia uno, va a encontrar el camino para hacerlo.
Empezó este malestar, o mejor dicho, volvió este malestar, unos meses luego de cumplir los treinta años. Hacía casi cinco años que Laura no sentía esa comezón y ese escalofrío en la nuca, que por más que lo rascara, se sacudiera o se bañara, no iba a ninguna parte. Al principio creyó que se trataba del retorno de Saturno, que tarde o temprano llegaría y le sacudiría el universo entero que tenía adentro. Quizás había sido esa revolución, sí, eso era. El retorno de Saturno es un fenómeno astrológico en el que el planeta vuelve a la posición original en el momento del nacimiento. Este fenómeno ocurre cada veintiocho años aproximadamente. Laura pensaba que las consecuencias del retorno todavía estarían presentes, pero Saturno hace dos años seguía su recorrido, no podía tratarse de él. ¿Hasta cuando vas a culpar a los planetas? pensó y sacudió la cabeza.
Lo conversó con Moira, su terapeuta una tarde de diciembre, mientras hacían un balance de lo que había sido un año de grandes cambios y decisiones. Una mudanza, una pelea con la inmobiliaria, una ruptura con quien no supo valorarla ("al menos supe reconocer mi valor y reconocer quien no puede verlo"), amistades que habían terminado. "Nada es para siempre" concluyó en un suspiro y Moira asintió.
- Siento que este envase ya me queda chico - esbozó como quien mira por la ventana y comenta el tiempo.
- ¿A qué te referís con eso?
- Siento que mi identidad es como un traje de cuerpo entero y hoy en día me queda ajustado. No sé si me explico. Como que ya este traje no me representa, y necesito cambiar de piel. - Tantas metáforas la tenían a Moira, que era veinte años mayor, escribiendo disimuladamente.
- Quizás es hora de diseñar un nuevo traje. ¿Has pensado en reflexionar en el nuevo traje que te gustaría habitar?
Y así lo hizo por semanas. Prendió velas, inciensos, meditó, salió a caminar, escribió y escribió hasta tener un boceto de una persona parecida a su ella anterior pero mejor: este era el traje que quería usar de ahora en más. Y una vez que se lo puso se sintió a gusto. Por momentos lo sentía holgado en algunas partes del cuerpo, hasta que incluso en la holgadez encontró comodidad. Y así comenzó un año nuevo, lleno de expectativas, deseos y esperanza.
El malestar se fue y esa nueva identidad se hizo costumbre en Laura. Meses después se fue de vacaciones y tuvo la oportunidad de asentar aquel nuevo traje y no lo logró. O lo logró a medias: una parte del traje, le quedó perfecto y las áreas que le quedaban grandes, sobre todo en las mangas, se las tuvo que arremangar. Otras, sin darse cuenta, se las pisó.
Y así pasaron los meses subsiguientes, y ya no sentía comezón en la nuca, sino que ardía todo su cuerpo. Lo nuevo le quedaba incómodo, lo viejo ya lo había tirado. ¿Acaso había algo que pudiera ponerse para al fin estar cómoda? Quería estar desnuda, realmente quería estar desnuda antes que con un traje que pinchaba por todas partes. El problema es que en muy pocos lugares, y con muy pocas personas podía despojarse de todo. Recurrió a sus abuelos, recurrió a su amiga de la infancia. Volvió a hablarse con su madre y la recibieron con los brazos abiertos. El problema es que el malestar calmaba, pero en sus ratos de soledad, volvía lentamente hasta ella querer salir corriendo, con el traje puesto. Quizás, en el movimiento mismo, no sentiría la pesadez.
Pasaron ocho meses hasta que dejó de mirar hacia el presente y decidió hacer una constelación familiar. "La respuesta está en el pasado", le escribió a su amigo justo antes de entrar a constelar. "Besos, muchos, porque te hace falta oxitocina" le respondió él por mensaje mientras tocaba el timbre de la consteladora.
En efecto, Laura tenía que soltar muchos trajes que jamás habían sido confeccionados para ella ni por ella. Estuvo una hora escuchando, sanando, llorando y soltando, sintiendo cómo un gran peso peso dejaba de recaer sobre sus hombros. Incluso sintió que dejaba de dolerle la espalda por primera vez en muchísimos años.
- Y ahora es momento de leer el oráculo - dijo con voz calma Teresa, la consteladora.
- ¿Qué? - replicó Laura con los ojos muy abiertos, como saliendo de un trance.
- Que como parte de mi servicio, me gustaría que te lleves un mensaje del universo, si querés, obvio, podés elegir una carta y leer el mensaje que el universo tiene para vos.
No tuvo tiempo para pensarlo, simplemente sus ojos como flechas llegaron a una carta del mazo que extendía Teresa, y no pudieron despegarse de ella hasta que hubo tomado la carta.
"Calma: todo llega a su tiempo. El sabio accionar del Universo te está preparando para la llegada de algo nuevo. pero cuando eso suceda podrás disfrutarlo íntegramente solo si estás preparada. No fuerces situaciones. Dejá que el Universo te muestre señales para entrar en acción. No pienses tanto, sentí y fluí acorde al sentir de tu alma. Pronto tendrás novedades".
Laura logró calmarse, además, ya no tenía dolor de espalda. Y casi como por arte de magia, o de constelación familiar, el traje pareció volver a funcionar y sus asuntos parecieron estar más en orden. Durante dos semanas disfrutó del orden hasta que volvió una de las peores sensaciones: en su boca ahora había gusto a poco.
¿Cómo podía ser? Se miraba en el espejo y no veía un traje, tampoco veía un reflejo. No veía nada. El bienestar había durado solo poco y para colmo no tenía con qué distraerse: habían cancelado su show favorito en la televisión. Desesperada una noche bebió entera una botella de su rosado preferido. Había vuelto a fumar, ¿quién carajos era? Laura lo hacía y no sentía que era ella. Nadie en el cuerpo de Laura. El cuerpo de Laura en automático haciendo estragos con el cuerpo de Laura. ¿Y dónde está el alma de Laura? La consteladora le dijo que debía divertirse más, disfrutar más. Y Laura no estaba disfrutando de nada. Iba a los lugares que tenía que ir, cumplía con sus obligaciones, compraba lo que tenía que comprar y alimentaba a sus gatos. Dormía, soñaba, despertaba a mitad de la madrugada, desnuda, ataba cabos, seguía pensando, escribía sus sueños y no dormía.
Revisó sus viejos diarios en busca de señales. Y encontró muchas. El oráculo así lo había dicho: que esté atenta a las señales que le mandaba. Encontró en su diario de los 17 años el mismo malestar que hoy sentía:
"Me duele, no sé exactamente dónde, pero me duele. Quiero vivir sola, con Kitty, tranquila. Quiero estudiar, quiero trabajar, quiero ser independiente y libre. Quiero vivir aprendiendo cosas. Quiero hacer tantas cosas. Lista de deseos, lista de pendientes, lista de quehaceres. Lista de sueños. Paso a paso para lograr sueños"
Entonces Laura comprendió ahí mismo, que lo que le estaba pasando era que hoy en día había logrado todo es que había en las listas de sus cuadernos de la adolescencia. Kitty había muerto, pero ahora tenía a Melón y a Simón. Se había propuesto objetivos y los había cumplido. Hace años había estado orgullosa pero no entendía que lo había manifestado trece años atrás. Realmente su traje viejo había quedado chico hace rato: era la piel que quería habitar cuando tenía diecisiete. Ya no tenía más sueños por cumplir. Decidió tachar todo lo que había en esas listas de antes. Había llegado el momento de bocetar nuevos sueños, un nuevo mapa en el que perderse por años hasta encontrarse y llegar a la meta, como sabía que podía hacer, porque lo había hecho antes.
La agonía de Laura, entonces, venía de no poder definir su futuro con claridad. Quién sabe si encontrar respuestas llevaría días, semanas, meses o años. ¡Qué suerte que había llegado un oráculo tan espontáneamente, ella solía buscar respuestas en el pasado para el presente, no para el futuro. Y ahora el futuro era muy importante pues el presente estaba resuelto.
La última semana de agosto, Valeria, una paciente que llevaba 8 meses trabajando con Laura, sacó una bolsita de terciopelo azul de su cartera.
- Quiero agradecerte todo lo que fuimos trabajando, Lau. Me diste tantas herramientas para entenderme, que quiero regalarte una a vos - comenzó a barajar y a separar las cartas, que tenían en el dorso ilustraciones de gatitos gordos.
"¿Dos oráculos en un mes? Sea cual sea el motivo, el Universo me está queriendo decir algo. Debería escuchar con atención".
Una carta llamó particularmente la atención de Laura. Era una carta con el dorso ligeramente más oscuro que las demás. Tomó esa carta y la carta decía: "haz una limpieza profunda"
"Que purifiques tu cuerpo, espacios, vínculos y energías. Ha llegado el momento de limpiar viejos programas, de ordenar tus emociones, de higienizarse de energías densas y estancadas. Haz una limpieza profunda en tus espacios en tu interior, sacá lo viejo, lo que ya no usás, volvé tu rutina práctica y fluida. Se augura una gran purificación, sensación de frescura y liviandad."
Laura prestó atención a los oráculos. Ella no estaba buscándolos, debemos aclarar, solo quería comprender el pasado para saber qué hacer ahora con el nuevo traje puesto. Pero los oráculos aparecieron frente a ella, sin pedirlos, como por arte de magia. Habían hablado. Había que escucharlos. Calma y limpieza profunda.
Calma Laura, que la claridad toma tiempo en llegar. Pero para que algo llegue, no basta con cambiar de identidad cuando todo tu universo parece tener que modificarse. Es necesario hacer una limpieza profunda de todos tus espacios, internos, externos, personas, lugares. Se aproxima una revolución galáctica. Quizás sí eran los efectos del retorno de Saturno. Quizás era su hora de cambiar su órbita, quizás ella debía elegir un nuevo curso, una nuevo sisema solar, una nueva galaxia. Pero con calma. y con una limpieza profunda. (seguir)
Las piezas del rompecabezas de Laura parecieron encastrar, no quedaban huecos por llenar. Caminó lento hasta su casa. Disfrutó el paisaje habitual. Pronto estaría en mirando un nuevo paisaje. Pronto quién sabe cuándo, pero esta vez no pareció preocuparse. En el camino compró líquido para limpiar pisos. Mañana era sábado, y era día de limpieza. Iba a sellar al menos un oráculo.
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