El living de Julia

 Los sábados eran los días preferidos de Julia. Era temprano, como todos los sábados. Abrió los ojos en la oscuridad de su habitación. Qué habitación más gris. Mejor seguir durmiendo pensó. Entonces recordó todo lo que la esperaba en el living y deslizó sus piernas fuera de las sábanas. Aún entredormida, sus pies encontraron sus ojotas. Se desperezó, bostezó, se sacó una lagaña del ojo derecho y salió de su mundo más interior. 

Arrastrando los pies, llegó hasta el living. El sol comenzaba a asomar y acariciar los lomos de los libros, en la biblioteca de Julia. Su remera de algodón, larga y vieja, apenas le tapaba la bombacha gris. En silencio, Julia se quedó junto a los libros, recibiendo las caricias del Sol con sus tiernos rayos tibios. Era como revivir. Era el beso que revivía a la princesa.

Pronto, cuando fuera una hora más apropiada, llamaría a Lauri, su amiga que ahora vivía en Las Flores. Tomarían mates, fumarían un cigarrillo y conversarían sobre sus semanas. Pero nunca desde la cama. Siempre desde el living, desde el pequeño sillón del living que ahora la abrazaba.

En algún libro sobre teoría literaria, Julia había aprendido que las casas son un reflejo fiel del interior de una persona. Las espacios de Silvina Ocampo, por ejemplo, hablaban de la insoportable intimidad de las parejas. Los de Bioy Casares, el esposo de Silvina Ocampo, suspendían el tiempo en múltiples habitaciones. Como un laberinto, recordó. ¿Qué narrativa tenía la casa de Julia? La cola de su gato le hizo cosquillas a su pierna desnuda que colgaba en el sillón. Julia miró a su alrededor y contempló. Plantas colgando en diferentes alturas, cuadros pintados por ella, su madre y réplicas de Van Gogh. Vinilos traídos de una feria de Amsterdam. Y los libros que encontró en una calle, junto a un brazo del Sena, en París. No podía dejarlos allí, indefensos, tenía que rescatarlos. 

El Sol solo visitaba el living de Julia, su habitación más social. Un Potus por allí, una Calathea por allá, pero su cuarto para dormir era gris, sin luz y sin plantas. Un espacio para despojarse de todo, incluso de la ropa, e intentar meditar. En cambio el living era colorido, invitaba a sus amistades a quedarse allí, incluso a ella. Cuántas noches había tenido que obligarse a ir a la cama. Incluso cuántas noches había quedado dormida en el sillón verde, hasta que casi al amanecer, con un dolor en la cervical que la torturaba, había tenido que ir a la cama para terminar de descansar con algo de bondad sobre sus vértebras.

El mundo interior y exterior de Julia parecían estar en una guerra interminable. Ya era el tercer año que vivía en esa casa que no parecía dar tregua a los pensamientos. Quiero disfrutrarme, pero no puedo. Quiero acariciarme en la cama, pero no logro quedarme ni un segundo demás. Mejor voy a hacerme unos mates y leer y esperar a que se hagan las 10. Para esa hora, Lauri ya estará despierta y querrá charlar.

La pregunta que Julia no parecía querer responder era: ¿por qué charlar un sábado a la mañana, siendo el mejor día? ¿Por que no estar en meditación con una misma? Quizás pronto lo averiguaría. 

Pero esta era otra mañana de primavera. Las plantas, incluso ella, estaban floreciendo. Faltaba poco. Pronto se mudarían. Estaba decidido. Quizás eso también hablaba del mundo interior de Julia: siempre en movimiento, mudándose, como le dijo la tarotista hace unos años. Siempre inquilina, nunca propiertaria. Buscando finalmente sentir un hogar. Si ese día llegase, ella quizás se quedaría y finalmente compraría. 



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