Madrid

 - Madrid y la concha de su madre, boluda. Se fue y ni avisó. Mirá cómo está en las fotos que sube. Pará, the time of my life.

- ¿Qué es eso, amiga? - abrió los ojos Alejandrina mientras cebaba un mate en su departamento. Era sábado a la mañana, y la luz entraba dulcemente en su nuevo departamento. Susy, su gata gris, se refregaba contra el termo de agua caliente. 

- Que la está pasando bomba. ¿Desde cuándo? Nunca me había mencionado que quería irse. Ridículo.

- Pará amiga, no exageres. Quizás él siempre quiso irse pero nunca te lo contó. ¿Hablaban de esas cosas?

- No, boluda, no hablábamos de esas cosas. Pero si no hablábamos de esas cosas, y esas cosas son importantes, ¿por qué hablábamos de lo que hablábamos? Creí que éramos amigos, los amigos se cuentan cosas - Julia se estaba llenando de rabia. Se le estaban llenando de lágrimas los ojos.

- Sí, amiga. Se cuentan cosas pero ustedes no eran amigos. Ustedes se veían hace años y siempre era para coger. 

- Nada que ver. También nos habíamos visto otras veces.

- ¿Ah sí? - Ale le pasó un mate lavadísimo.

Lo pensó un instante y cayeron unas lágrimas gordas y pesadas en el mantel de flores.

- No, la verdad que no -. Dio un sorbo con ruido a aire en el mate. Intomable ya.

- Quizás a vos te gustaba, Juli, ¿qué tiene de malo? Es de lo más común del mundo. Te gustaba pero no daba para otra cosa que verse y coger. Aparte, ahora tenés a Pablo, ¿de qué te quejás amiga? Vos lo querés todo.

La sola idea de que no hayan sido nunca amigos, y que solamente eso era lo que pasaba le daba más rabia a Julia. Se secó las lágrimas con la manga de la remera y suspiró.

- ¿Sabés qué? Tenés razón - Era verdad que estaba bien con Pablo, hace meses no veían a otras personas. - Además, si nunca había podido pasar nada antes, ¿por qué habría pasado algo la última vez que nos vimos? Imposible, Ale. Le dije, además, que no quería que pase más nada. Soy una boluda.

- No, está bien, amiga. Puede doler. Ustedes igual se querían, se conocían hace años. Vení tengo un porrito especial preparado para nosotras ahora. Me lo trajo mi amiga de la costa.

Fumaron, tomaron otra pava de mates, comieron chipá y pasaron un sábado de chicas, de esos que te curan el alma.

Ya la pandemia había terminado. Podían verse a cualquier hora, y hacer lo que querían. Eran dos mujeres libres, en sus nuevos departamentos, con sus gatos.



Mientras tanto, del otro lado del Atlántico, precisamente en Madrid, Manuel no estaba consiguiendo departamento. Estaba parando en lo de un amigo y dormía en un colchón en el living. Había encontrado trabajo en una agencia de viajes pero el buscaba otra cosa. No había sido difícil conseguir el puesto, con todos los idiomas que hablaba, le era útil a cualquiera.

Madrid era hermosa, antigua, y sexy. Histórica, llena de recovecos y encanto. Tenía una vibra a que de todo ocurría ahí. Lo que Manuel siempre quiso.

Se pasaba las tardes recorriendo las callecitas, los callejones, los pasadizos, los cafés y las librerías, tratando de retratar todo en su memoria. Quería aprender a no perderse en una ciudad tan grande. Pero también adoraba perderse en una ciudad tan grande. Recordó el desencuentro que tuvo con Julia en el Año Nuevo Chino y cómo la encontró enojadísima en la parada del micro de regreso a La Plata. ¿Por qué estaba enojada aquella vez? Todos podían desencontrarse. Imaginó que la cruzaba en Madrid, con su nuevo amor, ese misterioso alguien, como un caballero con armadura y casco, que no dejaba ver su rostro. La imaginó feliz, se preguntó si alguna vez habría podido hacerla feliz y sacudió la cabeza y volvió al aquí y ahora. Madrid, otoño del dos mil... tantos.

Julia era parte del pasado, había resuelto. No más Julia, no más Zafiro. No más Julia con su peluca, ni Julia a sus veintiuno. Julia llorando andaasaberporqué. Julia en su cumpleaños de veintiseis. Madrid ofrecía un infinito número de mujeres todas hermosas y distintas entre sí. Rubias, altas como él, morenas, con caderas anchas, sonrisas perfectas, labios carnosos. Todo era apetecible en una ciudad como Madrid, donde siempre a lo lejos se escucha un flamenco y castañuelas. 

-Estar aquí es comenzar un capítulo nuevo. Es comenzar un libro nuevo en la saga - Dijo Manuel, sonrió, sacó pecho, miró hacia el frente y siguió caminando, buscando su potencial hogar.



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