Piloto -

El día estaba llegando a su fin. Un jueves fresco de agosto con un aire puro que entró por su nariz limpiamente. Su caminata por el parque había terminado. Metió la mano en su pequeño morral y palpó dos cosas: un bálsamo con sabor a cereza, bastante berreta, y el manojo de las mil llaves. Vaya a saber Dios qué tantas puertas abrían esas llaves. Ella era inquilina, nunca lo averiguaría.

Sacó las llaves y empezó a hacerlas girar entre sus dedos. A pasos distraídos comenzó a dirigirse a su departamento. Había sido una buena sesión de distracción, meditación y pensamiento. Había días que invitaban más a una cosa que a la otra. Hoy había sido una caminata de todo: venía con mucho encima. La vida, el trabajo, el estudio, su vida. El pasado, el presente y el futuro que no parecía acercarse jamás. Al llegar a una esquina se preguntó si quizás era neurótica. Se preguntó también qué era la neurosis. Entraría a su departamento, lo anotaría y lo investigaría.

Pero eso nunca ocurrió. Al abrir la pesada puerta roja, el olor a sahumerios y orín de gatos invadió sus pulmones, sus papilas gustativas, su mente e intenciones. 

- Hola, ¿no? - Sus gatos no se habían levantado del sillón esta vez para saludarla. - Bueno, hagan lo que quieran. - dijo irónicamente.

Se dirigió hasta el balcón y empujó la también pesada puerta del balcón, para que corra algo de aire. Inspiró la densidad de la ciudad que la vio nacer y ahora la acobijaba como si fuera una madre a la que se acude después de una larga ausencia y se dejó caer en el sillón Acapulco. "Qué vida de mierda", pensó.

Se estiró para agarrar su celular, que había quedado entre dos macetas y un atado de cigarrillos. Lo tomó y también al atado. Prendió un cigarrillo mientras empezaba a abrir aplicaciones casi por instinto. Tenía varias notificaciones, seguro eran sus amigas. A ella le gustaba mandar videos de viajes. Quizás alguien le respondería que sí, Italia era un hermoso lugar con el cual soñar. Quizás, algún día.

Pitó del cigarrillo, Philip Morris mentolado, como los de la adolescencia. El humo le resultó familiar, otra vez la sensación de la madre a la que se acude para un abrazo, después de tanto tiempo. Enfocó la pantalla en su mano izquierda.

"Para mí, estás más hermosa que nunca. Quisiera besarte toda otra vez, y más ahora que sé que te voy a ver muy pronto".

No era una amiga, era Manuel. ¿Pero era él un amigo? Una eternidad atrás pareció que sí.

"Ay dejá de decir boludeces" comenzó a tipear Julia. "Con que venís pronto, ¿eh?"

"Así es, Petite. Y porque te portaste muy bien esta tarde, cuando nos veamos voy a compensarte y comprarte esa bombachita rosa con la que fantaseamos. Solo para que te pasees un rato delante mío y yo pueda sacartela con mi boca".

"Mmm suena muy bien eso que decís". Ella en realidad quería decir otra cosa, así que solo se animó a agregar: "¿cuándo venís?"

"Pronto, Petite. Después te voy a dar los detalles. Pero ahora me tengo que ir a dormir, ya es tarde acá".

Julia volvió a pitar del cigarrillo y miró al horizonte. 5 horas más eran las... 12 de la noche.

"Y sí, mañana tenés que trabajar temprano. Buenas noches Manu (y un emoji que tiraba un beso)".

"Buenas noches Petite Jolie".


Julia terminó de fumar su cigarrillo y se quedó un rato más en el sillón. Otra vez, en meditación. Estaba cansada de pensar, así que ahora le ponía nombres interesantes a los distintos tipos de pensamiento que tenía. A veces se inducía al pensamiento. Se ponía una agenda mental y decía cosas como "hoy me toca pensar en el futuro" "Mañana quiero visualizar una posible vida en 2 años" "Voy a tratar de sanar la herida paterna del abandono". Julia sabía que era una pesada, por eso bromeaba con estas cosas. Pero muy en el fondo sabía que bromear era solo una forma de normalizar el estado de sobrepensamiento que cargaba hace tantos años ya. 

Quizás por eso le gustaba tanto escribir. Era una forma de dejar en remojo los pensamientos, sin tenerlos adentro, como en una palangana al sol. Pensamientos húmedos en agua que se calentaban y hacían un caldo de ideas, fantasías, recuerdos, planes.

Lo llamaba meditación, pero ella bien sabía que estaba fantaseando, se estaba induciendo en la fantasía. Ella y Manuel en Italia, como habían dicho una vez. Ella sola caminando por París y encontrándose a Manuel para cenar y caminar por las calles empedradas. Ella tomando una copa de vino en el sillón de una vecina y el mensaje de Manuel diciendo "estoy abajo, dale abrime". 

Ya no era una fantasía. 

Era un recuerdo. Y en ese recuerdo, Julia tenía una peluca violeta.




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