Sobre el ejercicio de la escritura

 Casi sin darme cuenta me encontré completamente adentrada en el bosque. Dejé atrás a las personas, la hora del almuerzo, la civilización y sus costumbres y me suspendí en el tiempo y el espacio, como esas telas de arañas que parecían estar suspendidas entre las ramas de los árboles. Llegué a un claro y miré a mi alrededor. Parecía cómodo, solitario y seguro. Mis 3 cosas preferidas a la hora de escribir. Apoyé mi espalda contra un pino y comencé a deslizarme hacia abajo. Seguí mirando alrededor. No hay moros en la costa. Nadie está juzgándome siquiera, soy una chica sacando su cuaderno, a punto de anotar sus pensamientos. 

Casi sin darme cuenta, tampoco, me encontré completamente adentrada en el año en el que más escribí. Parece que el secreto es olvidarte de la civilización y suspenderte en el tiempo junto a tus sesos. ¿Pero cuánto había sido mucho? ¿Cuánto había sido poco? Me pregunté si podía medir la escritura en cantidad de páginas. ¿Qué páginas? Mi letra varía conforme la intensidad de mis ideas. Por momentos, dejo renglones entre los que escribí, para airear las ideas. Otras veces, escribo sin importar los renglones, como un acto de rebeldía. Oras veces compro cuadernos que no tienen renglones, para divagar libremente por los márgenes. A veces ni hay márgenes. Antes dibujaba también, pero cada vez lo hago menos. Y sé que antes lo hacía, no porque simplemente lo recuerde, sino porque activamente vuelvo a mis cuadernos para recordar con mis pensamientos.

No es lo mismo recordar eventos, que recordar ideas. ¿Acaso recordamos lo que pensábamos ayer? ¿Acaso recordamos lo que creíamos diez años atrás? Podemos tomar fotos, una imagen fiel de lo que fue lo material: las personas, sus ropas, sus actitudes, la habitación. ¿Pero podemos retratar lo que pensábamos de aquella situación? No lo creo, y no es mi objetivo argumentar al respecto. Lo que quiero decir es que escribir siemrpe ha sido la manera en que pude pensar con más claridad y mejor.

Aún recuerdo cuando me dieron mi primer diario para Navidad, cuando yo solo tenía seis años. Durante un segundo dudé si efectivamente lo recordaba o si solamente había leído la entrada de aquel 6 de enero:

Querido diario: Hoy fui a jugar con mi amiga. 7 de enero: Hoy me metí en la pileta con mis primos. 10 de marzo: Comencé la escuela y no tengo amigos. 4 de abril: Hice mis primeras nuevas amigas. ¿Sabés algo, querido diario? Te extrañaba.



Por momentos no escribía. El mundo real parecía tomar toda mi atención y mi energía. Pero pasaba el tiempo y me ponía al día. O Escribía todos los días, o a veces solamente una vez cada mes. Así por años, contando sucesos. Muchas veces la alegría, casi nunca la tristeza hasta que empecé a reflexionar, y quise hacerla poesía. Quizás al darle forma estética a lo que pensaba y sentía era una forma de resignificar. Hay cierto placer en el dolor. Mi diario me permitió reflexionar antes de ser adolescente. Mis diarios me permitieron crecer antes de tiempo. 

No me siento muy bien hoy. Creo que me da vergüenza mi cuerpo. Quisiera desaparecer en humo. Creo que la música es lo que va a salvarme. Comencé a escribir las ideas de los demás, la poesía de los demás:

Let the music be your master

I like pleasure spiked with pain

And music is my aeroplane

Escribí mucho, mucho tiempo. ¿Pero cuánto escribí? Aún conservo los cuadernos que año a año fui comprándome: solo para escribir, solo para pensar. Me pregunto a veces si conservar estos tomos de mi vida más interna no será quizás la forma más narcisista de conservarse. No conservo mi cuerpo, ni mis fotos, no conservo mi arte. Solo conservo mis ideas.

Las páginas de cuadernos que llené contienen una miscelánea de géneros. Un diario íntimo, un cuento, una poesía, la lista del supermercado, un sueño, un deseo, un plan, una estrategia, una carta, una nota de agradecimiento, el qué hacer de mañana. El presupuesto mensual. Querido diario otra vez. Hoy en día los llamo libros. Tomo 1 de mis pensamientos, mis 6 años. Tomo 20, mis 30.

¿Cuántas páginas y libros escribí? Antes escribía en cuadernos. Ahora escribo desde mi computadora. Actualmente me encuentro tipeando estas líneas, ya no estoy en el bosque pues se había puesto oscuro (ya no me sentía segura), regresé a la ciudad y ahora estoy sentada en mi escritorio, con mi gato danzando alegremente en frente mío, pidiéndome en silencio que largue aquello que estoy haciendo, que hay cosas mucho más productivas para hacer, como acariciarlo. ¿De qué sirve todo este enredo? ¿Acaso logré cosas que los demás no han logrado por pensar tanto, por registrar todo esto en tantas, pero tantas líneas? 

¿Qué importa lo que pensás, Julia? Lo que importa es el aquí y ahora parece querer decir mi gato parpadeando sus ojos verdes.

Quizás solo logré atenuar mi existencia, darle algo de sentido, porque estaba muy confundida. ¿Acaso dejaré de estarlo? ¿Cuánto es mucha escritura? ¿Cuánto es suficiente sobrepensamiento? 



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