21 de setiembre

Ella iba con su valija y su madre. Sacaba fotos a las flores y les hacía videos. Estoy seguro de que era directora de la película de su propia vida. Y yo el escritor de la novela de la mía. Agachada, fotografiando los nomeolvides violacios, su cabello oscuro resaltaba entre las demás flores. Su madre recitaba como una lección los nombres de todas las flores del rosedal. Amapolas, Gardenias, Lsianthus, Rosas rosas, Rosas amarillas, Nomeolvides. Y entonces ella se levantó.

El cruce de miradas en el rosedal de Montevideo fue inevitable. Y fue fugaz. Ella se sonrojó inocentemente como otra flor más y siguió caminando con prisa, resuelta, filmando. Yo seguí su silueta hasta el final. 

De repente se frenó ante una cúpula de pequeñas rosas blancas. El viento sopló y ella sonrió en cuanto comenzaron a caer miles de pétalos pequeños sobre su cara. Los segundos se suspendieron en el aire. Ella se suspendió y solo caían pétalos. 

Era romántica. ¿O yo solo era un poeta embriagado por el aroma de las rosas? Todavía con una sonrisa fascinada, ella cerró los ojos y respiró el perfume de la primavera. Imaginé cómo uno de esos tantos pétalos era una caricia mía sobre su mejilla.




Con la carita morena al cielo, una gota pesada cayó en su frente. Había comenzando a llover.
Abrió los ojos como de un sueño y fue corriendo a refugiarse bajo la cúpula.

Cuando miró al rededor yo ya me había ido y ella estaba sola con su madre y su valija, listas para seguir su camino y volver a Buenos Aires, o eso había entendido yo por sus acentos. 

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