En el pozo - prefacio

Prefacio


 De aquella época tan oscura no recuerdo tanto como debería. En parte porque han pasado más de veinte años, y también porque mi diario online había sido denunciado por una lectora. Nunca sabré quién fue ni por qué lo hizo, si era seguidora del movimiento, o si buscó el hashtag curiosa y se encontró con algo espantoso, o si me leía y se preocupó verdaderamente por mí. El asunto es que un buen día de abril recibí un correo electrónico que decía que había violado las normas de la comunidad al hablar de temas sensibles y que ya no podría volver a escribir allí.

Es una lástima, o quizás esa fue la verdadera salvación. Yo realmente adoraba escribir poesía con esa temática y desde entonces no lo he vuelto a hacer. Pero hace unos días, una buena amiga, que conocí luego de esa época oscura, me hizo una pregunta que quedó resonando en los rincones de mi memoria, como un gran e infinito eco, y que me hizo revisar lo que recordaba.

- ¿Y vos, alguna vez sentiste la oscuridad y esas ganas de vomitar porque te bajó la presión? 

La verdad es que nunca más volví a escribir al respecto porque creí siempre que este tipo de literatura solo servía para "alimentar" el deseo de autodestrucción de las mentes jóvenes y vulnerables. Imaginaba que si volvía a escribir poesía a la musa de Ana o de Mía, otras jovencitas desearían tener unas amigas tan dulces y perversas a la vez, que quizás se obsesionarían con afinar sus cinturas hasta desaparecer, hasta ser tan livianas como plumas, tan frágiles como el cristal. Ahora mismo lamento estar usando unas metáforas tan seductoras, pero me siento fuerte, tan fuerte como para decir que por más que escriba sobre esto no voy a caer en la trampa. Y tan fuerte como para decir que mi mensaje hacia estas jóvenes tan curiosas, y tan vulnerables, es contundente, y espero que resuene y se quede en sus mentes, como el eco de un grito en una montaña. Quizás ahora no lo entiendan, pero mas adelante, sí.

No quise volver a escribir poesía sobre esto, pero tenía bien en claro que sí quería escribir. Mi vida estuvo marcada por muchas señales que debí haber prestado atención antes, pero cuando fue el momento que pareció demasiado tarde, en realidad solamente era el punto de inflexión. Así como hubo un momento de no retorno, un momento en el que estuve al borde de la muerte, y una llamada me salvó, un momento de no retorno me hizo mirar todas esas marcas de que debería haber compartido mi literatura mucho tiempo antes. Pero es hoy que me animo a mostrarme con todas esas imperfecciones, con todas esas marcas y lastimaduras y cicatrices que quedan para siempre, que cierran, que se suavizan, pero que están: y en parte me hacen más hermosa que antes (si es que la belleza sigue siendo un valor importante para mí).

Luego de que mi diario online fuera destruido, quedó mi diario de papel, al que le confesaba muchas otras cosas además de mi deseo de desaparecer. No solo escribía números, kilogramos, planes para seguir desapareciendo, incluso cuando se volviera más difícil, casi imposible. En mi diario negro, también escribí sobre mis amores platónicos, mis amores de aquel entonces, mis confusiones, mis amigas que intentaban ayudarme de alguna manera y de vez en cuando algún que otro sueño de una vida diferente, vida que finalmente alcancé. Hace poco volví a leer ese diario negro y lo sentí algo incompleto: faltan todas esas líneas en inglés, pues solo escribía en inglés para que mi familia no entendiera, de poesía, de soliloquios, de fluires de conciencia casi onírica, deseos infinitos que en espiral me sambullían en tristeza, solitud, contemplación y más autodestrucción. Falta el arte y la literatura que yo hacía con tanto dolor, con tanto vacío. En parte, quedó un vacío.

Haciendo memoria de ese diario, aparecen ante mis ojos escenas como de películas en silencio, un poco en sepia, escenas con dos amigas junto al río, el diario negro a mi lado, la correa de mi perrita, mi perrita correteando y oliendo los pastos, unos mates, una birome. Mi amiga era Melisa, mi compañera de francés. Había venido a visitarme porque mi psicóloga había recomendado que llamara a mis amigas, que les hablara. Pero no podíamos conversar en serio, solo podíamos hablar de trivialidades. Que cómo venía su carrera, cómo venía la mía. Si tomaríamos los exámenes de francés, cómo venía su relación con Guille, y si planeaban verdaderamente irse a vivir a otro país. Si mi perrita estaba bien. Le pedí que fuera mi modelo para un proyecto de la facultad, pues ella sí que era flaca por naturaleza, y podría hacer el trabajo.

- ¿Y de qué trata el proyecto? - quiso saber Melisa.

- No entiendo muy bien, estoy haciendo unas figuras de porcelana fría que te voy a poner en el pelo y en el cuello. Las voy a pintar de dorado y les voy a agregar una estructura de metal. Ya vas a ver, va a quedar increíble.

Más sonido de río corriendo dulce y casi tristemente, al atardecer. Y frío, mucho frío.

Si hay algo que recuerdo de mis días de anorexia y bulimia es la oscuridad, el silencio de estar en un pozo, y el frío. Fue solo dos años atrás que era verano y había comenzado a sentir escalofríos mientras corría compulsivamente todas las tardes. Desde entonces esa sensación me acompaña y aún no se ha ido. Estas sensación de constante electricidad es la cicatriz más invisible y permanente que tengo. Me recuerda que hay cosas de las que una no puede escapar. Es como un fantasma que posa sus manos en mis hombros desnudos, ahora mismo.

- ¿Y vos, alguna vez sentiste la oscuridad y las ganas de vomitar porque te bajó la presión? 

Esta pregunta hizo un eco, fue hasta el fondo del pozo y volvió para que cuente mi historia. La verdad es que sí, sí sentí esa oscuridad, y quiero contar mi historia, ahora que soy una escritora reconocida por otros géneros y temáticas. Ahora que llevo tres libros de ficción y dos de poesía. Ahora que he caído en desgracia, que ya nadie se interesa por lo que tengo para decir, y creo que nadie querrá si quiera juzgarme. Ahora que tengo impunidad.




Comentarios

Entradas más populares de este blog

Alelí Manrique

Los oráculos

La última vez