Las dos Torres de Londres
Yo una vez soñé con la torre de Londres y pensé en escribir mi sueño. Pero como te quería demasiado, y también quería impresionarte, empecé a escribir este sueño en inglés, para que lo leyeras. También quería impresionarte porque sé cuánto te gusta la Historia, así que reuní todo lo que recordaba sobre esa maravillosa construcción normanda, que data del año mil y pico, que está en el centro de una ciudad tan cosmopolita como la que ya mencioné, y empecé a enredarme entre mil datos irrelevantes. Qué quién fue el último rey sajón, que William esto, que tal fecha, que no se cuántos siglos de ocupación, y al final terminé desistiendo. La Historia no es lo mío, sino lo tuyo. Lo mío son las historias, escribir historias.
No suelo recordar jamás los sueños que tuve, se esfuman a la mañana siguiente. Pero de este sueño no pude olvidarme, aunque hayan pasado meses de él. Estábamos en un taxi inglés, por la noche, recorriendo como dos turistas que no quieren realmente conocer la ciudad, sino admirarla de lejos. Y pasábamos por la Torre de Londres pero no podíamos acercarnos, porque las callecitas que lo rodean suben y bajan en cientos de escaleras y el mismo río Támesis no lo permite. Es como que incluso antes de acercarnos a la fortaleza, el empedrado nos decía "es muy complicado, mejor miren desde lejos".
Te miro y te cuento: "esta es la torre de Londres, es muy fea ¿no?" Pues era de noche, y solo podía ver la pared que recubría el interior. Un millón de ladrillos que sobrevivieron por más de un milenio, indestructibles, impenetrables.
Meses después, revisando la enciclopedia de McDowall sobre la historia de Gran Bretaña, encuentro una foto de día de la Torre de Londres y me doy cuenta que no es fea en realidad, está hecha fea y fuerte por fuera para resguardar lo que hay adentro, un castillo precioso. Y en ese mismo momento recordé la última vez que fui a tu casa, no de noche como todas esas veces anteriores durante años, que íba para enroscarnos llenos de pasión e irme antes de que salga el sol en un taxi, no. La última vez que fui a tu casa fue al atardecer y me dejaste entrar por la puerta principal, y apreciar lo antigua pero hermosa que era la construcción. Se caía un poco a pedazos si mirabas de cerca, pues hoy no hay nadie quien la arregle, tu mamá estaba enferma y vos ahora vivís en España y venías de visita y ayudarla a hacer unos trámites.
Tu mamá estaba en el centro del castillo, que no sé si era la Torre de Londres o su mansión en Tolosa, pero daba igual. Nunca vi una reina en persona, sin embargo esto fue lo más parecido a conocer una. Era majestuosa aunque pequeña, fina pero dulce y me dijo que estaba encantada de conocerme. Fue la escena más maravillosa, onírica y emocionante que haya tenido en mucho tiempo. Todo era delicado y antiguo, el cielorraso se estaba poniendo amarillo, como el sol se estaba poniendo en el vasto jardín.
Estuvimos 10 minutos en la galería, contemplando el pasto y la piscina de piedra con agua estancada al atardecer -yo nunca había llegado tan adentro y profundo de este castillo- nunca había llegado a ver tantos detalles. La luz dorada se colaba entre los árboles y bailaba con el viento. Tu pecho subía y bajaba entrecortado y mi cabeza apoyaba allí mientras me abrazabas con toda tu estatura, tus brazos largos. Dijimos poco, ¿sentimos mucho? No fui débil por llorar, solo estaba siendo vulnerable. Quería amarte, no ponerte en peligro. Quería quedarme, aunque luego te fueras a Madrid y nos viéramos quién sabe cuándo. Había esperado tanto tiempo un momento así, una audiencia tan íntima con vos.
- Ya se nos va a dar, ya se nos va a dar - repetiste.
Comentarios
Publicar un comentario