El perfume

 Era casi imposible explicar un proceso tan efímero y complejo, tan nostálgico y mágico. Josefina estaba sentada en un banco de la plaza y pasaba lentamente frete a ella una pareja de ancianos paseando a su perrito. Instantáneamente Josefina estaba junto a su abuela, pintándole las uñas, escuchando la radio, tomando mates. No habían sido los abuelos los que la llevaron fugazmente a la cocina de la calle 23, de hecho Josefina ni había levantado la mirada de su revista de crucigramas. No fue el ladrido del mismo caniche toy que tenía su abuela, sino el perfume de la otra abuela.

¿Cómo es que los perfumes pueden llevarnos tan lejos, tanto, tanto tiempo atrás? A veces no era esta abuela la que recordaba, Susana, sino Nora, la mamá de su mamá, y el olor a humedad en la casa de madera y chapa, las galletitas de las mil tetitas y el matecocido, el perfume de las flores de enero suspendido en la humedad que se apolilla frente al río, y las polillas.

O caminando por la calle de repente estaba boca arriba en la cama de Patricio, jadeando después de haber hecho el amor por tercera vez esa semana, ese verano. Tenía dieciciete años y las piernas le temblaban porque no comía lo suficiente. Estaba sudando en frío pero tenía todo el desodorante Axe de su novio pegoteado en su piel, el aroma más excitante que pueda haber. Estirábase con la mirada hasta la puerta y aparecía la bandeja primero y luego las manos de un chico tan alto y con sonrisa tan amplia que la hacía sonreír a Josefina también, solo por verlo. El mate y las galletitas Don Satur.

Los veranos de Josefina habían sido los más felices. Siempre en compañía, siempre húmedos, pegajosos, con masitas y mates y perfumes inolvidables. ¿Será que algún día ella será una señora grande y recordará cuando vuelva a oler ese perfume a señora que ella era una jovencita en la plaza, haciendo un crucigrama cuando de repente recordó a su abuela? Era casi imposible explicar un proceso tan efímero y complejo, tan nostálgico y mágico como este. Josefina solo podía describirlo y escribirlo en los márgenes de la revista. Suspiró, cerró los ojos un segundo, dejó caer su nuca y vio en el cielo los pájaros en bandada al atardecer. Aroma a medialunas de manteca. Siempre había tenido un olfato privilegiado, que no solo le permitía identificar con extrema exactitud, sino también transportarse, con precisa puntualidad al momento exacto. Su nariz dictaba las cordenadas y las manecillas del reloj y en solo un instante podía pintar las uñas de su abuela otra vez, o mojar las galletitas de tetitas en el matecocido, o besar a Patricio con el pecho desnudo. 

Volvió su cabeza a la posición inicial, se cebó un mate más, qué chica simple y vistosa, y se levantó para caminar hasta su departamento. Las piernas, o mejor ahora piernotas, ahora chocaban pegoteadas unas con otras. Otro verano para recordar.

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