Paseo La Plaza

Quería agarrar su voz y convertirla en un collar para tenerla susurrándole al oído todo el día, como un fantasma  pensó Agatha, como un mosquito en verano. Esos que le pegás un manotazo, se aleja y vuelve a molestarte. Solo que esta vez Juan no la molestaba. Al contrario, le daba calma, suspiraba calma,  la misma que le daba mirar su nombre en una notificación del celular. "Juaaaan..." esas letras sonaban armoniosas, como pan crocante recién salido del horno. Pan fresquito y calentito un sábado a la mañana, en la cama, mates. Mates en el departamento blanco y dorado de Agatha, en un piso ocho de Almagro, escuchando Bossa Nova, otra vez. ¿Qué había en Juan que le hacía tanto feliz a Agatha? Ella no necesitaba más calma, pues semejante escena ya lo comprobaba. Quizás la calma de Juan complementaba la escena, el paisaje que ella había pintado. Quizás la piel de Juan era el color que faltaba en la pintura, ese tono oliva. Quizás su barba era la textura que necesitaba sentir entre sus sábanas de algodón blanco. Quizás necesitaba esa mirada segura y dulce penetrándola, como el sol penetraba las hendijas de la persiana y entraba en el piso de parqué al amanecer, cuando todavía los autos y los ómnibus no irrumpían con su ruido habitual.

Quizás la calma de Juan venía a traerle caos, como había sucedido en las últimas semanas. Juan aparecía en sus pensamientos cuando se tenía que levantar a trabajar. Los brazos venosos de Juan, apretando la baranda de la galería en altura del Paseo La Plaza, mientras reía fuerte. Como sus brazos. Sus ojos achinados. Otra vez ella apretaba los párpados, para quitarlo de su mente, pero era imposible evitarlo. Una gota de sudor en su cuello, mientras caminaba delante de ella y la llevaba hasta la parte más alta; puentes de metal enredábanse entre palmeras ese anochecer, ¿quién diría que semejante lugar existía en el corazón de Buenos Aires? Escalones enrejados retumbaban metálicos al rededor de la conversación entrecortada. Hacía calor entre tanta gente, y entre las sábanas. El ventilador hacía ruido y Ágatha suspiraba y gemía agarrando fuerte la almohada. ¿Qué calma ni qué ocho cuartos? Juan le había traido caos, era una tormenta de verano ahora. Se cerraba sobre ella con nubes rápidas y oscuras hasta tener sus brazos al rededor de su cintura. Ninguno de los dos reía ya. Cerró los ojos a la vez que sentía los labios de Juan cruzarse con los suyos en el paseo La Plaza. Estaban mojados, como la lluvia, tenía el bigote mojado. Hacía cuarenta grados en Buenos Aires en febrero. Una guitarra uruguaya sonaba, música snob para un lugar cheto de Buenos Aires, ¿pero qué importaba? Las manos de Juan se movían suavemente hacia los costados, la cintura de Ágatha también, ¿estaban bailando? Mientras lo pensó, ella río y él le preguntó:

- ¿Qué pasa?

- Nada, no sabía si estábamos bailando, o solo besándonos.

- Quizás las dos.

Se dejó caer en el colchón. Estaba en el piso ocho otra vez. Quizás las dos cosas, calma y tormenta era lo que Juan le traía. Quizás tendría que relajarse, tomarlas y dejarse disfrutar entre las dos. 

Cerró los ojos y volvió a recordar su mano en la nuca de Juan. Nuca mojada, pelo suave y le mordió el labio inferior. Él sonrió y la apretó fuerte contra sí. Cada cuerda de la guitarra uruguaya retumbaba y vibraba dentro de ella, al compás de los besos de Juan. Cuando ya no pudo más, se levantó de un salto de la cama, se hizo unos mates y se fue a la laptop a trabajar. De reunión en reunión para la firma de abogados. A trabajar de nueve a seis hasta que en algún momento llegue una notificación que diga:

¿Estás libre este fin de semana?

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