Rojo y verde
Se asomó al balcón, como todas las noches,
y se dejó apoyar en el hierro frío mientras cerraba los ojos.
Escuchó el susurro y luego lo sintió:
la piel se le erizó por debajo de la remera oversized de Mickey
y sus pezones se entumecieron.
El seseo de las hojas de los árboles y la brisa veraniega
eran su visitante frecuente.
Silencio, por fin, en la avenida.
Se relamió los labios,
tenía que disfrutar de esos treinta segundos mágicos.
Y luego, autos, autos, motos, micros:
el semáforo ahora daba verde.
Se sobresaltó, suspiró y dejó que el tráfico pase.
Rojo otra vez.
Así era la vida: rojo, verde
calma, caos,
brisa, quietud:
un constante ir y venir de momentos,
de personas, de ideas
de lugares, de emociones.
Una canción que cambiaba de ritmo
pero no terminaba, un baile infinito.
Abrió los ojos cuando comenzó a llover:
encima ahora la lluvia
¿Qué estaría haciendo Manuel en la ciudad donde no llueve?
¿Qué estaría haciendo Leandro en el desierto de Arizona?
¡Qué importaba! Era Julia en el balcón, a las once de la noche
entre brisas, aroma a lluvia, autos, semáforo en rojo y lluvia.
¿Qué importaba ayer? ¿Qué importaba mañana?
La vida era rojo y verde,
alma y caos.
Una canción infinita
para disfrutar y bailar en remera oversized.
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