En Budapest
Era de esperar que una mañana mientras escuchábamos las ruedas de los autos hacer ese sonido típico de rodar sobre los charcos del pavimento, el silencio expectante del semáforo en rojo sobre la avenida, la lluvia sobre las hojas de los árboles de verano, yo respirara sobre su pelo y su sudor y cayera en cuenta que estaba perdidamente loco por ella. Se había olvidado que estaba a su lado y despertó con las piernas enredadas entre las sábanas blancas, los brazos desaparramados como una escena del crimen, las vertebras una sonaron y dijo "mmm" "aaaah". Giró el cuello en noventa grados y por fin encontramos las miradas. Cómo no estarlo, si sus ojos vidriosos, llorosos y rojos, sus labios aún violacios por el vino de la madrugada se fijaban en mis canas, mis arrugas. "Estás más viejo que nunca" y sonrío como pocas personas pueden maravillarse ante la vejez, ante los años, ante dos décadas sobre nosotros. "No sos solo vos, soy yo ¿y esta flacidez? ¿y estas estrías?" Y como si hubiera dicho que sí, se levantó de un salto, se puso la bombacha de algodón negra, la remera blanca que los hombros huesudos hacían de percha y desapareció. La perseguí por su departamento y la encontré en su cocina, haciendo mates, huevos revueltos y tostadas. Cómo no estarlo, me preguntaba una y otra vez. Cómo no me había dado cuenta. "Tarde o temprano iba a pasar" reía por lo bajo la voz de Manuel en mi cabeza. "Callate, boludo, somos amigos nada más". "¿Vamos a desayunar acá?" puso cara de sorpendida al encontrarme frente a ella. No podía no seguirla si su aroma comandaba mis pasos pesados, arrastrados a donde fuera. La cama era un campo de guerra. Un mate o dos, o tres, infinitos mates en la cama, el ruido de lluvia, la cuchareada, su cadera en mi pelvis. Mi mano en su cintura y se daba vuelta y sus brazos en mi cuello. Las cervicales que hacían ruido otra vez. "Ya no estamos para posiciones adolescentes" Reí entre mates y se quedó dormida otra vez. Mis dedos en su pelo enmarañado. Sudor y perfume francés. Una respiración entrecortada, el ruido distante de un reloj. Cómo no estarlo. Más lluvia de verano, el reloj y cuando desperté me encontré nuevamente en mi habitación de hotel de Budapest. Adiós Buenos Aires, adiós Julia y la última vez.
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