Nada de lo que puedas leer o escribir en todo este mundo podrá provocarte la emoción y suspensión del tiempo y el espacio que tener el pensamiento tan acelerado, chocarte contra el vidrio de la ventana hacia el balcón hasta casi salir expulsada, pero no, el vidrio te detiene y la mirada sigue, y ves a una señora regordeta, casi pelada, con cara de suave y feliz, intentando salir del remís blanco. Una mano llena de arrugas y manchas, tan frágil como la señora, esperándola afuera. Ella confiando. Él esperando. Y saliendo del remís, como si fueran a casarse por civil, solo que iban juntos a la dentista. Ella expulsada del remís, con cara de "lo logramos, fue difícil, pero pude salir", Él con cara de "bien, negrita, lo logramos, ahora vení". Yo acá pensando en todo lo que me falta, y ellos con cara de "¿qué más se puede pedir en esta vida? Tengo todo lo que necesito, un compañero para este último tramo". Lo siento dulce y con gustito a lágrimas. Se siente dulce y calentito todo adentro, me siento bien, mal, con envidia. Quiero adelantar el reloj, quiero quemar el fuego, pero el remís se ha ido y quizás Marta y Osvaldo están tocándole el timbre a la dentista. Yo vuelvo al pensamiento.

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