Nada de lo que puedas leer o escribir en todo este mundo podrá provocarte la emoción y suspensión del tiempo y el espacio que tener el pensamiento tan acelerado, chocarte contra el vidrio de la ventana hacia el balcón hasta casi salir expulsada, pero no, el vidrio te detiene y la mirada sigue, y ves a una señora regordeta, casi pelada, con cara de suave y feliz, intentando salir del remís blanco. Una mano llena de arrugas y manchas, tan frágil como la señora, esperándola afuera. Ella confiando. Él esperando. Y saliendo del remís, como si fueran a casarse por civil, solo que iban juntos a la dentista. Ella expulsada del remís, con cara de "lo logramos, fue difícil, pero pude salir", Él con cara de "bien, negrita, lo logramos, ahora vení". Yo acá pensando en todo lo que me falta, y ellos con cara de "¿qué más se puede pedir en esta vida? Tengo todo lo que necesito, un compañero para este último tramo". Lo siento dulce y con gustito a lágrimas. Se siente dulce y calentito todo adentro, me siento bien, mal, con envidia. Quiero adelantar el reloj, quiero quemar el fuego, pero el remís se ha ido y quizás Marta y Osvaldo están tocándole el timbre a la dentista. Yo vuelvo al pensamiento.
Alelí Manrique
Estaba en casa limpiando la estantería de los libros, mi lugar favorito. Estaba en medio de una limpieza profunda. Sobre la sección de literatura latinoamericana, la que más fue expandiéndose últimamente, posé mis ojos sobre el pequeño lomo blanco con florcitas. Alelí Manrique. Meto mi dedo entre otros dos libros, para sacar este, casi como con un movimiento sexual. El pequeño libro blanco de florcitas, me llevo un dedo hasta la lengua, y comienzo a hojear. Nena de departamento, con zapatos brit pop. Planta de interior, El alquiler es todo un maratón Y entonces entiendo y entonces me pregunto ¿Dónde estará Alelí? Accesible, disponible me contestó en seguida. Quiso conocerme, quizás los escritores tienen olfato para los escritores, y ansían encontrarse abrazarse con el pensamiento mientras beben sorbos de café. Viajé por horas hasta Palermo, hasta aquel Acevedo nueve tres cero entre plantas, cielos nublados y máquinas de escribir, ella me encontró. Yo justo estaba poniéndome perfum...
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