Parques infinitos

Como una película vieja, que pasa por un rollo que gira en vertical (nunca supe de cinematografía, y mucho menos de tecnicismos cinematográficos) se reproducía un fotograma en mi mente. Solo uno. Una fotografía, ahora convertida en fotograma (¿por qué me obsesiono con convertir palabras simples en jerga profesional, acaso no aprendo?). La foto que saqué en noviembre de hace diecisiete años, cuando yo solo tenía catorce. Me enojé con mis padres porque nadie me entendía, nadie entendía mis gustos raros por la fotografía. "¿Cómo quieren que estudie inglés si a mí me gusta la fotografía? ¿Por qué no puedo ser como papá que también estudió fotografía?" Pero parece que algunas cosas eran para los varones y otras para las chicas. ¿Cómo no quieren que terminemos enfermas de la cabeza, si todo lo que quieren para nosotras es que seamos chicas intelectuales? O chicas lindas. A mí me gusta lo intelectual, no quiero ser una solo una chica linda. Quizás una chica deportista habría estado bien, pero nunca pude hacerlo parte de mi personalidad profunda, o superficial, y por eso no era solo una chica linda que hablaba inglés. 

Quería observar el mundo, mirarlo desde una pequeña lente y descubrir lo que nadie estaba mirando. Y ese parque quedó para siempre en mi memoria y se reproduce como una película vieja. En sepia, porque era de los años en los que estaba aprendiendo a experimentar con filtros. Sepia me recordaba a las fotos de mis abuelos inmigrantes. ¡Qué lindo color el sepia! Es como un marron rosado, un rosado marron, un naranja amarronado rosado y el fondo amarillo sucio. Siempre está sucio el sepia. No dejo de pensar en las fotos viejas y en este parque infinito. El parque que seguramente mis abuelos pisaron cuando llegaron a Argentina. El parque del sladero, el parque del frigorífico, ¿el parque de al carne, tal vez?  Como cualquier niña a la que no dejan ir muy lejos, crucé la avenida, justo un micro se había detenido en la parada unos metros delante de mí, pisé la vereda y el micro siguió, y yo con mi cámara en mano quise descubrir lo que ya existía hace décadas. Tomé la foto del parque a penas toqué el piso con mis zapatillas John Foos negras con cordones blancos sucios. En esa época mi familia estaba en contra de mi apariencia, en contra de mis intereses, y yo solo quería fotografiar. ¡Qué parque de mierda! Una profundidad tremenda, pasto pasto pasto, una línea en el horizonte separaba el parque del fondo, la escuéla de estética. Gracias a dios que la escuela de estética existía. ¿Dónde más tuve refugio literario, plástico, musical y teatral? Siempre olvido a la escuela de estética, pero como una película vieja que pasa rápido por mi mente, de abajo hacia arriba, constantemente, la mancha oscura del fondo es la escuela de estética, que estaba ahí. Lista para abrazarme, cuando nadie más lo hacía. Con Patricia adentro, ¿qué será de la vida de Patricia? Patricia que me leía a Silvina Ocampo mientras yo estaba sentada como chinita escuchando, anotando con mi cuaderno. Ay, Patricia, si supieras que ahora el mismo libro está aquí al lado, en mi mesita de luz. No te lo robé, claro, me lo compré. ¿Estarás viva todavía? No eras tan vieja, pero todo se sentía tan grande a esa edad. 

Y los sauces al costado, allá en el fondo, cerca de la escuela de estética. Esos sauces mágicos que hacían de sombra, para semejantes días de calor en el parque. Los chicos del colegio industrial iban a almorzar ahí, las chicas de la escuela de estética iban a fumar también, y los chicos y chicas de la secundaria de más atrás iban a transar entre los árboles y en ese estrecho pasadizo que quién sabe por qué existía. ¿Para qué son los pasadizos? Me pregunto si alguna vez lo crucé, o si alguna vez transé con alguien ahí. ¡A veces olvido tantas cosas, tantos detalles! Algunos dicen que cuando morís, justo antes de hacerlo, ves tu vida, toda tu vida pasar delante tuyo, como una película en cámara rápida. No, esto no es morir, tranquila. Esto es hiperfijarte en un recuerdo, es tener la foto en tu cabeza y meterte adentro de la imagen, como si fuera una tercera dimensión. ¿Quién diría que tenías semejante capacidad? A veces me pregunto si todas las personas son capaces de hacerlo. ¿Qué uso tiene? ¡Quién sabe! Quizás mero entretenimiento, ¿qué más podés hacer con todo esto? Quizás algunos grandes directores de cine pueden convertir estas capacidades en planos maravillos que entran unos sobre otros, o personajes que viajan entre dimensiones, entre mundos, la chica que se mete en su cabeza y encuentra una foto y se mete en un recuerdo y explora un pasadizo secreto, estrecho, el silbido de los sauces a las cuatro de la tarde, un timbre de recreo que anuncia que es la hora de la literatura, un libro pesado de Silvina Ocampo descansa sobre las huesudas rodillas de Patricia, con aliento a cigarrillo y chupetines a lo lejos suena un piano cansado, el polvo volando y bailando al sol de las ventanas circulares de la escuela de estética. Sí, quizás un director pueda con todo eso. El marco de las ventanas era rojo, ¿dónde se habrá visto semejante belleza? Quizás tendría alguna reminescencia a la Bauhaus o al diseño de los años 60. No importa, no soy arquitecto, ni director de cine. Quise ser fotógrafa, quise ser escritora, pero soy solo una profesora de inglés que escribe por placer y cada tanto, para no estar ahogada en tanto llanto, de vez en cuando.

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